Publicado en el nº 2 de la revista Números Rojos, ya a la venta.
“Hay que bajarles las bragas / a todas las palabras del diccionario”. Con esa declaración de intenciones de barrenero comenzaban, estrofa arriba, estrofa abajo, Los abanicos del Caudillo (1982), segundo libro de versos de Ramón Irigoyen, el poeta español vivo –o muerto– más saltimbanqui, dueño del arte del vitriolo en crudo, maestro del salfumán sin refinar, cuya obra completa editó Visor a mediados del año pasado en un solo volumen, Poesía reunida (1979-2011), que agrupa cuatro títulos: Cielos e inviernos (1979), Los abanicos del Caudillo (1982) y dos inéditos, Romancero satírico y La mosca en misa.
Irigoyen (Pamplona, 1942) ya había avisado dónde pensaba poner el punto de mira en Cielos e inviernos, en una arte poética sin resquicio para el equívoco: “Un poema si no es una pedrada / –y en la sien– / es un fiambre de palabras muertas”. Mientras sus más novísimos contemporáneos se mecían en la góndola lírica, Irigoyen afilaba su habla del pueblo –el de los “analfabetos sabios que decís / mi madre lloró piedras / ya está mozo el manzano / la Rosario tiene piernas de nata”–, se subía a la montaña rusa de Catulo –ahora una imagen tierna, luego la metáfora más procaz– y de su boca volaba el más salvaje poema de amor, Posesión celestial: “Si en la sombra rosada de tu axila/ me entran deseos de leer la prensa / ¿qué poemas me estarán esperando en tu vellón?”.
Irigoyen ha construido un discurso anarquista y subversivo –en el lenguaje, en lo político, en el amor y en el humor–, un ajuste de cuentas desde la marginalidad, con proyectiles del calibre del odio, la rabia y el resentimiento, que sitúan al poeta contra el franquismo y contra la religión católica de los curas españoles, en general, y del seminario de Pamplona, en particular: “[...] hoy que vomito en mis palabras / la resaca del daño que me han hecho [...] el resentimiento me ha hecho hombre”. “Y así el oh Dios se ha convertido en odios [...] después de tantas penas sólo puedo decir / Dios hijoputa / y si existiera / lo castraría Dios tan lentamente / que eternamente lo estaría castrando”. “Caridad cristiana: Me diste una manzana / y las dos podridas”. Porque, para Irigoyen, la alternativa está clara: “O terminamos con el Estado o Él con nosotros. ¿Qué preferís?”.
Y así las conclusiones son tan claras como evidentes: España, en un acrónimo compuesto con palabras del poema Escudo nacional, es “una grande caca libre”, un mojón topografiado en Homenaje a la Carta al padre de Kafka, poema dedicado a Dios y a Francisco Franco: “Tu padre fue una provincia de estiércol. / El mío fue España: 505.000 km2 de mierda”. Los versos, por cierto, han desaparecido de la antología de Visor sin explicación alguna.
Si con Cielos e inviernos se habló de Irigoyen como “uno de los máximos artífices de la renovación poética de los años 70” (Jaime Siles); “el verdadero cronista de su tiempo [...]”; alguien capaz de “decir las cosas de siempre y el odio de hoy con palabras nuevas y con metáforas que pican en la lengua” (Guillermo Carnero); el dueño de “una poesía… bronca y sarcástica que airea el ambiente y nos libra de damascos y telarañas” (Antonio Martínez Sarrión), Los abanicos del caudillo insiste en la crónica interior del franquismo, lo que acabaría propiciando una bronca –tan dolorosa e injusta para el poeta, como a ratos, con la perspectiva del tiempo, divertida para el lector de hoy– con los policías de la literatura postcaudillo: el libro fue escrito con una media ayuda para la creación literaria del Ministerio de Cultura; la otra mitad le fue denegada por un jurado –donde abundan los apellidos de mucho yugo y flechas de pedigrí– presidido por Matías Vallés y compuesto por Gonzalo Torrente Ballester, Antonio Tovar, Francisco Fernández del Riego, Luis Michalena, Pere Bohigas y Balaguer, Basilio Gassent, Ángel María de Lera, Esther Benítez y Emilio Muñiz. Por esa gresca, Juan García Hortelano –gran defensor de la obra del navarro– dijo que habían convertido a Irigoyen en “el primer poeta maldito de la democracia”. “Les supongo informados de que por su denegación hoy me veo privado de un cuarto de kilo, o sea de 250.000 de vellón, que pensaba donar a la Virgen de Guadalupe por un detalle especialísimo que tuvo reciente con un primo mío de Burgos”, se burló entonces Irigoyen.
