A estas alturas del mutis de Rajoy antes de salir a escena, el acto de su investidura va camino de convertirse en una aparación mariana, caricaturizado estos días el líder de los populares en una canción de Javier Krahe coprotagonizada por una Elvira Fernández tan angustiada como amenazando bronca o con ganas de.
Uno se imagina a Rajoy sudando en batamanta y pantuflas de cuadros el miedo escénico de La Moncloa, consciente de que su soledad no es la del gobernante de fondo y de que él mismo y su mandato pueden ser sólo una anécdota en la historia de una españa con minúsculas, tanto la historia como la españa.
Rajoy, como el Real Madrid de las noches europeas que cimentaron la gloria del club madrileño, se encuentra ante la tarea de remontar el resultado de la peor crisis del neofascismo liberal ecuménico o globalizado. Y por eso quizá Rajoy, más que esconderse, busque tiempo para escribir el nuevo sermón de los panes, los peces, la prima de riesgo y los cinco millones de parados a los que poner en marcha. Pero esa tarea, por mucho que Rajoy quiera engañarse o engañarnos, está fuera de su alcance. Se lo avisaron Berger y a Borges explicados por Vázquez Montalbán: “La globalización fragmentada es un sol negro que ni ilumina ni calienta, que aumenta la riqueza de los ricos y la pobreza de los pobres”. Porque, “la pobreza de nuestro siglo es incomparable con ninguna otra. No es, como lo fuera alguna vez, el resultado natural de la escasez, sino de un conjunto de prioridades impuestas por los ricos al resto del mundo”. Pura perversión del catecismo liberal que sigue el futuro presidente Rajoy.
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